De diez a uno (código 2015-194) – Radios Fráter
  • junio 21, 2015

De diez a uno (código 2015-194)

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En la vida, para llevarnos bien con todos, debemos usar dos palabras que son casi mágicas: por favor y  muchas gracias. Todos los seres humanos necesitamos tener un valor muy importante que debemos practicarlo todos los días, se llama el valor del agradecimiento. Es importante que seamos agradecidos y que mostremos gratitud. La gratitud es un sentimiento de estima y reconocimiento que una persona tiene hacia quien le ha hecho un favor o prestado un servicio, por el cual desea corresponderle.

La gratitud y el agradecimiento son sinónimos, pero eso es algo que a menudo se nos olvida, se nos olvida agradecer a la gente que ha hecho que lleguemos a ser lo que somos, se nos olvida agradecer a Dios quien nos bendice tanto. Hay en la Biblia un relato escrito por un doctor en medicina, el médico Lucas, quien escribió uno de los cuatro evangelios, fue el médico particular del apóstol Pablo y lo acompañó en muchas de sus giras, para ayudarlo en el aspecto de salud y en sus cuidados físicos, siendo él un académico, describe de una manera elocuente este relato, que se encuentra en Lucas 17:11-19. Un día, siguiendo su viaje a Jerusalén, Jesús pasaba por Samaria y Galilea. Cuando estaba por entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres enfermos de lepra. Como se habían quedado a cierta distancia, gritaron: — ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!

Cuando pensamos en los leprosos, hoy ya no los encontramos en la calle, pero sí existe otro tipo de leprosos, los “sidáticos”, por ejemplo, aquellos que por el virus de inmunodeficiencia humana han adquirido el síndrome de inmunodeficiencia adquirida, el sida.  Y a veces estamos con gente que si supiéramos que tienen sida, tendríamos un poco de temor. Aproximadamente en 1991, estuve en un seminario organizado por la Organización Mundial de la Salud y la Organización Panamericana de la Salud, para instruir a los líderes de culto sobre este tema. Estando allí llevaron a una persona que dio su testimonio de cómo había adquirido la enfermedad  y que tenía dos o tres meses de vida nada más.

Después de oírlo le dije si tenía compromiso por la noche, era miércoles, me dijo no. ¿Me acompañaría para hablar a nuestra iglesia sobre su testimonio y advertirles sobre los peligros de la vida licenciosa? Y me respondió que sí. Lo llevé al Auditórium Mayor de la Roosevelt estábamos congregados un buen grupo de personas. Lo presenté como un invitado especial con un testimonio que compartir. Antes de empezar dijo que quisiera tener el gusto de estrechar la mano de cada uno de los presentes. Pasó con todos y al terminar dijo que quería decirles que era la última vez que les estrechaba la mano, porque – yo me voy a morir de sida–.

Todos se quedaron viendo su mano, algunos muy temerosos. Empezó a decirles que el sida no se contagiaba por dar la mano, por dar un beso, tampoco se pegaba por dar un abrazo, pero sí por tener relaciones sexuales sin protección, aun así, la trama del condón no es suficiente para detener el sida, se pasa. A los que tienen sida se les ve como a uno de estos leprosos, a diferencia de que estos gritaron a la distancia — ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!  Y aquí hay muchos leprosos, no leprosos del cuerpo, pero sí del alma, que venimos a Jesús gritándole — ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros! ¿Se compadeció de nosotros? Sí, nos limpió, nos lavó, nos santificó, nos perdonó y por eso estamos hoy aquí como nuevas criaturas hechas, gracias al amor de Jesucristo y a la compasión de nuestro Señor Jesucristo.

¿Qué significa compasión? Es un sentimiento de tristeza que se produce al ver padecer a alguien y que impulsa aliviar su dolor o sufrimiento, a remediarlo o a evitarlo. Cuando se ve a alguien con necesidad y se siente tristeza por lo que le está pasando, no debe conformarse con la tristeza sino obedecer el impulso de ayudarlo. Tenía 17 años cuando visité por primera vez Nueva York y nos llevaron a conocer la famosa 5ª Avenida, estamos hablando de 1967, ya era un lugar espectacular para un extranjero, ahí se veía pasar  a toda clase de gente, con toda clase de vestuario, peinados y actitudes. Caminando por la acera vi que cayó un hombre y quise correr a ayudarlo, y me agarró del brazo uno de los misioneros que andaba conmigo y me dice: eso no se hace aquí. Me quedé un poco desconcertado.

Y esa es la actitud de hoy, de ver a alguien en necesidad y no socorrerlo, pero cuando tiene compasión no solamente tiene tristeza por lo que le está pasando al prójimo sino que se ve impulsado a darle una mano de ayuda. Y eso es lo que pedían los leprosos. No solamente que se entristecieran por la situación tan lamentable que tenían en su cuerpo con la lepra sino que se hiciera algo por ayudarlos, por detener su dolor.

Levíticos 13:45-46 dice  la persona que contraiga una infección se vestirá de harapos y no se peinará; con el rostro semicubierto irá gritando: “¡lepra! ¡lepra!”, para que la gente no se lea acerque, y será impuro todo el tiempo que le dure la enfermedad. Es impuro, así que deberá vivir aislado y fuera del campamento. Cuando se tenía lepra en la época de Jesús y en todo el Antiguo Testamento no podía tener vida en comunidad, la gente no lo permitía, la ley no lo permitía, tenía que aislarse y sufrir solo su tristeza.

Dijo Dios, no es bueno que el hombre esté solo, por eso ha preparado lugares de refugio para el solitario. La iglesia es ese lugar de refugio, aquí es donde viene el leproso, aquí es donde viene el enfermo, el vicioso, el triste, el desamparado y encuentra un lugar, un refugio y luego lo conectamos con un grupo en casa, un grupo CAFÉ, un célula y allí encuentra los amigos, los familiares que no tiene porque se quedaron en el pueblo o en el extranjero, en el cementerio o jamás conoció a sus padres, pero Dios hace habitar en familia a los desamparados y lo hace precisamente en la iglesia.

— ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros! Al verlos, les dijo: —Vayan a presentarse a los sacerdotes. Resultó que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Esto nos enseña que hay milagros que no ocurren instantáneamente, hay milagros que ocurren lentamente, paso a paso. En el camino empezaron a notar su sanidad, la oreja rota se compuso, la nariz que se había caído apareció nueva, todos experimentaron la sanidad. A veces oramos por un enfermo y no sana en el momento, pero en el camino sana, si cree la voz de Dios, la Palabra de Dios y camina en fe será limpio, no solo de la enfermedad, será limpio también de su alma.

Me impresiona George Whitefield, un predicador metodista, uno de los primeros en Inglaterra, dijo una frase que me impresionó: “Hay personas que tienen más miedo a las arrugas de la cara que a lo podrido del corazón”. A veces cuidamos nuestro rostro, cuidamos nuestra apariencia, pero descuidamos nuestro corazón. Y no tenemos una lepra que se vea en el rostro, pero si tenemos una que se ve en el corazón. Por esos dice el Señor dame hijo mío tu corazón. Y nos cambia el corazón de piedra por un corazón de carne, un corazón sensible.

—Vayan a presentarse a los sacerdotes. Resultó que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, al verse ya sano, regresó alabando a Dios a grandes voces. Cayó rostro en tierra a los pies de Jesús y le dio las gracias – ¿en qué pensó este uno cuando se vio sanado? En dar las gracias. Alguna vez hemos recibido una sanidad, tendríamos que haberle dado las gracias a Dios postrándonos en tierra, gritar nuestra gratitud, nuestro agradecimiento, en vez de avergonzarnos de nuestro Señor. Gritar a los cuatro vientos, “doy gracias a Dios porque me liberó de la lepra del alcoholismo, de la lepra del tabaquismo, de la lepra del robo, de la mentira,  del adulterio, de la fornicación, del engaño. Dios nos ha liberado de muchas cosas y nos ha sanado de adentro para afuera y debemos darle gracias, siempre gracias–, no obstante que era samaritano (Lucas sabía que un samaritano era despreciado, había discriminación racial).

Me impresionó el miércoles pasado cuando Dylann Storm Roof entró a la iglesia Emanuel de Charleston, Carolina del Sur, había un estudio bíblico, entró una hora antes, el pastor empezó a hablar con él mientras llegaba el resto y cuando llegaron todos sacó su arma y mató a nueve en el estudio bíblico, todos los que estaban en esa iglesia eran de color, eran negros y él es blanco y él determinó ir y matarlos, dijo que los estaba matando porque los aborrecía, porque no quería ver más negros en su comunidad, porque le hacían daño. Ese mismo día lo capturaron y está detenido.

Pero más me impresionó el viernes, cuando delante de un juez llegaron los familiares de las personas fallecidas y le dijeron al juez, con lágrimas, se llevaron lo mejor de mi vida, mi abuela de 70 años, mi hijo de 25. Nueve muertos, incluyendo al pastor. Cada uno le dijo que  lo perdonaban por lo que había hecho Dylan, nos duele pero lo perdonamos. Nos es fácil perdonar al que nos ha hecho daño, sobre todo cuando lo hace por una motivación racista. La discriminación racial, lamentablemente, es una lepra que ha existido desde siempre entre negros y blancos, entre indígenas y ladinos, existe entre tribus en el África que se matan mutuamente.

Y aquí una un ejemplo de un grupo que elimina el racismo: nueve judíos y un samaritano, ¿por qué? porque tenían una desgracia en común, los diez eran leprosos, cuando se está en un naufragio a usted no le importa si aquel es chino, si aquel es blanco, es negro. Si se está hundiendo espera que lo ayude un chino o que le ayude un negro o ayudar a un chino, ayudar al negro. Se ve en los animales cuando hay inundaciones corren a un lugar donde se pueden salvar, se pueden ver animales que se devoran a otros, pero por ese momento no lo hacen, porque son solidarios en medio de la tragedia, ¿por qué nosotros que somos animales racionales no podemos hacerlo?

En Guatemala cuando hay una gran tragedia, como el terremoto del 4 de febrero de 1976, se botan las barreras raciales, sociales, económicas, políticas, religiosas y existe solidaridad. Esta decena de leprosos vivían juntos, aunque entre ellos había un samaritano al que despreciaban y discriminaban. Recuerda el trato de Jesús con la mujer sirofenicia, la que llegó a pedirle que sanara a su hija y Jesús le dijo que no era bueno darle el pan de los hijos a los perros, porque los judíos veían a otro que no fuera judío como perro.

Así nos veían a nosotros, pero ahora ya no es igual, porque ahora somos hijos de Abraham por la fe en nuestro Señor Jesucristo.

El Samaritano fue el único que regresó a dar las gracias, no obstante que era de Samaria. 17 — ¿Acaso no quedaron limpios los diez? —Preguntó Jesús—. ¿Dónde están los otros nueve? ¿No hubo ninguno que regresara a dar gloria a Dios, excepto este extranjero? Levántate y vete —le dijo al hombre—; tu fe te ha sanado. Dios sana hasta a las personas que le caen mal a usted. Créalo. Un día llegó Jesús a la casa de Pedro, estaba enferma la suegra y Jesús la sanó. No sé cuál era la relación de Pedro con ella.

Es importante entender lo que Dios hace, la ley decía en Levítico 14:1-9 El Señor le dijo a Moisés: «Ésta es la ley que se aplicará para declarar pura a una persona infectada. Será presentada ante el sacerdote, quien la examinará fuera del campamento. Si el sacerdote comprueba que la persona infectada se ha sanado de su enfermedad, mandará traer para la purificación de esa persona dos aves vivas y puras, un pedazo de madera de cedro, un paño escarlata y una rama de hisopo. Después el sacerdote mandará degollar la primera ave sobre una vasija de barro llena de agua de manantial. Tomará la otra ave viva, la madera de cedro, el paño escarlata y la rama de hisopo, y mojará todo esto junto con el ave viva en la sangre del ave que fue degollada sobre el agua de manantial. Luego rociará siete veces a quien va a ser purificado de la infección, y lo declarará puro. Entonces dejará libre a campo abierto el ave viva.  »El que se purifica deberá lavarse la ropa, afeitarse todo el pelo y bañarse. Así quedará puro. Después de esto podrá entrar en el campamento, pero se quedará fuera de su carpa durante siete días.  Al séptimo día se rapará por completo el cabello, la barba y las cejas; se lavará la ropa y se bañará. Así quedará puro.

Estos diez, sobre todo los nueve judíos, ya estaban purificados por el sacerdote, incluyendo al samaritano, pero solo uno vino a darle las gracias. ¿Por qué solo uno vino? Porque somos ingratos, malagradecidos, una vez que recibimos el beneficio ya no regresamos. He visto a cientos de personas venir con grandes necesidades, buscando a Dios, porque el hogar se desarma, porque el hijo se muere, porque  el esposo se quedó sin trabajo, porque está, las causas son diversas, pero una vez obtenido el beneficio ¿y dónde están? ¿Cuántos vinieron a darle gracias al Señor? Venía oyendo un himno hermoso que se llama “Agradecimiento” y dice la cantante… “y por ese agradecimiento es que sirvo al Señor”. ¿Valdrá la pena servir al Señor por agradecimiento? Vale la pena servir al Señor por agradecimiento.

Los otros nueve quizá  valoraron su sanidad y su rito de purificación más que al sanador. Es probable que les pasó por la mente, darle las gracias a ese joven de 30-31 años que los había sanado, pero regresar a dar gracias era perder el tiempo. Hay quienes piensan que venir a la iglesia es perder el tiempo hasta que están presos se dan cuenta que no es perder tiempo. Hasta que están enfermos se dan cuenta que venir a la iglesia no es perder el tiempo. Hasta que son secuestrados y están aislados se dan cuenta que venir a la iglesia no es perder el tiempo.

Hace algunos años tuvimos el caso de un hombre secuestrado de una familia muy acomodada y lo invitamos a compartir su testimonio en un evento que tuvimos, nos dijo: a mí me secuestraron y me llevaron junto  con mi niño, de cuatro o cinco años de edad, y estando secuestrado me dieron una Biblia y empecé a leerla. Cuando leí el Salmo 1 “bienaventurado el varón…” me dice mi hijo y qué quiere decir bienaventurado y allí comprendí cómo desperdicié tantas veces la oportunidad que tuve de ir a la iglesia y aprender de la Biblia, de leerla y conocerla y ahora explicársela a mi hijo”.

A veces en circunstancias difíciles es cuando nos damos cuenta que hemos sido ingratos con Dios. Otras cosas eran más importantes que agradecer a Jesús. Al final de cuentas, ya habían obtenido lo que querían de él y ¿no ocurre eso? Ayer me llamaba mi hijo Alex y me decía estuve con fulano de tal en una fiesta de cumpleaños y me dijo que te pasara el mensaje: muchas gracias por haberle dado trabajo su esposa mientras él estuvo preso por años. Caí en la cuenta entonces ¿a cuántos les he dado trabajo en la vida? Cientos, miles, empresas que les hemos dado la oportunidad de crecer comprándoles sus productos, sus materiales, pero jamás han venido a decirme gracias por haberme dado trabajo, nunca.

Y, cuando le están vendiendo el producto, que lo invitan almorzar, a comer, a esto y a otro, que le ofrecen esto, aquello y usted como cliente firma el contrato del servicio, le dan el servicio y después lo ven en la calle y lo ven como que si no existiera.

¿Por qué? No sabemos agradecer, pero tenemos que aprender a ser agradecidos con nuestra familia. Muchas veces los hijos son desagradecidos con sus padres, un niño cuando viene a este mundo, si no fuera por el cuidado continuo día tras día, año tras año de su mamá, de su papá o de sus hermanos mayores, de sus tías o abuelos o tíos ese niño  no puede quedarse solo porque se muere. Luego crece y se vuelve abusivo con su mamá, se vuelve abusivo con su papá, se vuelve ingrato.

Cómo podemos ser tan ingratos con nuestros padres que nos dieron la vida de ellos, para que nosotros podamos tener una vida ahora. Debemos ser agradecidos. Qué tristeza ir a un hospital y ver a un viejo o vieja y los cuatro o cinco o seis hijos afuera diciendo que no tienen plata para pagar. Nadie tiene, un padre puede con cinco hijos, pero cinco hijos no pueden con un padre, qué calamidad, qué tristeza, seamos agradecidos.

El rey Lear dijo Cuanto más agudo como el diente de una serpiente, es tener un hijo desagradecido”. Mejor que nos muerda una serpiente. La gran mayoría de los que estamos aquí somos hijos, hijos de Dios o hijos del diablo, porque en esta vida somos hijos de Dios o somos hijos del diablo, pero si somos hijos de Dios deberíamos estar agradecidos con Dios y esto debemos demostrarlo con nuestro tiempo, con nuestro talento, con nuestro tesoro. Cada vez que traemos nuestros diezmos a la iglesia estamos  dando gratitud, honor y reconocimiento para aquel que tuvo compasión por nosotros, sintió tristeza por nosotros, envió a Jesús, su Hijo, a morir en la cruz por nosotros y por su gracia somos salvos y hoy somos lo que somos por la bendición que nos ha dado.

Tendemos a buscar a Dios cuando estamos mal, tendemos a olvidarnos de Dios cuando estamos bien, pero lo mejor es que busquemos a Dios en las buenas y en las malas, que le busquemos cuando no tenemos y que le busquemos cuando sí tenemos. Que le busquemos cuando somos pobres y que le busquemos cuando ya no somos pobres, cuando ya nos hemos enriquecido, cuando estamos estudiando para graduarnos y que les busquemos cuando ya nos hemos graduado. Que lo busquemos cuando estamos buscando empleo y lo busquemos cuando ya tenemos un gran empleo. A Dios tenemos que buscarlo las 24 horas del día, siete días a la semana, tenemos que estar pendientes de Dios, porque si Dios es con nosotros, quién contra nosotros. Dios  y yo, dijo Martín Lutero, somos mayoría.

Por eso me encanta, me gusta leer Salmo 103: 1-9, 15, ábralo, Alaba, alma mía, al Señor; alabe todo mi ser su santo nombre. Alaba, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él perdona todos tus pecados y sana todas tus dolencias; él rescata tu vida del sepulcro y te cubre de amor y compasión; él colma de bienes tu vida y te rejuvenece como a las águilas. El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos. Dio a conocer sus caminos a Moisés; reveló sus obras al pueblo de Israel. El Señor es clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor. 15 El hombre es como la hierba, sus días florecen como la flor del campo: sacudida por el viento, desaparece sin dejar rastro alguno.

Y usted un día de estos como la hierba va a desaparecer, nadie se va a recordar de usted, todos los bienes los va a dejar, aproveche que la vida es breve. Termina el Salmo diciendo ¡Alaba, alma mía, al Señor!

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